Desde el punto de vista del cliente, el precio no es un simple reflejo de los costes de producción y distribución de un producto. De hecho, el coste es uno de los últimos factores que el cliente considera al evaluar el precio.
El cliente usa las palabras “caro” y “barato” para comparar el precio con el valor que subjetivamente atribuye al producto o servicio. Y en esta percepción entrarán en juego, más que el valor actual del algodón en China o el coste de la electricidad en Europa, conceptos como bonito/feo, bueno/malo, exclusivo/masivo…
Y, atención, no hace falta que un artículo sea de precio alto para que el cliente lo considere caro. Un artículo de precio bajo, por ejemplo una t-shirt de 4.95€, puede ser considerada barata o cara según estas características subjetivas que el cliente le atribuye: moda, innovación, o por el contrario mala calidad, que sea fea.
O una chaqueta de punto de Loewe de 9.000€ puede ser consideraba barata por lo que aporta al cliente: calidad, diseño, status… Esto está más allá de las características puramente físicas que son las que definen el coste.
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